Zona de Strikes: Epifanio Pérez era un monstruo en la colina

Armado de un sensacional control y disparos que se movían como un sinker, Epifanio Pérez entró en la élite de los lanzadores nicaragüenses

La carrera de Epifanio Pérez por poco termina antes de iniciar. Después de brillar en una Liga Instruccional, los Leones decidieron buscarlo para el equipo grande, pero el lanzador huyó hacia el monte.
“Pensó que se le buscaba para ir al servicio militar y se corrió”, recuerda sonriente Julio Reyes, lanzador de los Leones en aquel momento. Era 1985. Al fin lograron convencerlo y desde que arrancó, no hubo manera de opacar su brillo. 2020
Epifanio comenzó pisando fuerte en los campos de Primera División, al extremo que en su debut en 1986, tuvo 12-2 y 1.78, con 11 juegos completos y tres lechadas. Lanzó 131.2 innings, con 38 ponches y 24 bases en un León que se llevó el campeonato. Solo Barney Baltodano del Bóer, con 13, lo superó en victorias.
Al siguiente año lució aún mejor con 14-6 y 1.09. Completó 16 de 19 aperturas, con cuatro lechadas. Ponchó a 71 y dio 29 bases en 181 innings, para reiterar que su arma era el comando de sus envíos y no necesariamente el poder. Esta vez, Diego Raudez, del Granada con 15, fue el máximo ganador.
Sin embargo, en 1990 nadie se le atravesaría en el camino y además impondría récord. El tirador de la comarca Palo de Lapa, León, se convertiría en el máximo ganador en una temporada con 23 victorias, superando las 22 de Sergio Lacayo con Granada en 1978.
Epifanio tuvo 23-4 y 1.78 con 19 juegos completos, siete lechadas y 212.2 innings. Le lanzó el primero de dos no hitters al Bóer y en 1991, tuvo 20-6 y 1.93, para ser hasta el día de hoy, el único tirador con dos campañas de 20 victorias. Ahí logró el segundo no hit no run.
Pérez continuó siendo un monstruo hasta 1995, pero el brazo comenzó a flaquearle y en los últimos tres años, de los 13 que jugó, solo ganó cuatro partidos y cerró con 133-71 y 2.43 en 1,688.2 episodios, con dos títulos nacionales para los melenudos.
Obtuvo dos lideratos en victorias, cuatro en efectividad, siete en juegos completos y es número uno en el beisbol nacional en lechadas con 39 y juegos completos con 143, en un alarde de consistencia.
Como seleccionado tuvo el notable récord de 9-6 y 2.96 en 27 juegos, 12 de ellos como relevista. Su actuación cumbre fue en la Copa de Barcelona en 1991, donde obtuvo con 3-0 y 3.34, para ser el Jugador Más Valioso del evento, distinción jamás conseguida por otro nica.
Ese año se apuntó un triunfo 10-5 sobre Cuba “B” y ganó el partido por la medalla de bronce 4-3 ante Taiwán, con un relevo de 8.2 innings, en partido que lo decidió Ramón Padilla con un jonrón en la entrada número trece.
«Hombre sencillo, del campo, recuerdo que cuando llegó a la Instruccional en León me decía, ‘a este paso no creo que aguante. Muy poquita comida le dan aquí a uno. Quedo pero lejos…’ Cuando fuimos a traerlo, se le prometió mejorar eso», afirma Julio Reyes.
A veces rebelde y proclive a las copas, a veces incomprendido y muchas veces irrespetado, Epifanio es sin embargo, un lanzador de lo más grandes en la historia del beisbol nacional, pero sobre todo, es un símbolo de durabilidad y coraje, y dejó su nombre bien plantado.
Su episodio más triste probablemente sea en 1990, cuando fue devuelto desde Chicago junto a Freddy García por razones disciplinarias, pero al igual que su balance de victorias y derrotas (133-71), hay muchas más satisfacciones que momentos de aflicción en su gran carrera.
Cuando se pase el recuento sobre los más grandes lanzadores que ha tenido León, desde Francisco Dávila, a René Paredes, pasando por Antonio Chévez y Julio Moya, hasta llegar al mejor de ellos, Wilton López, habrá que hablar necesariamente de Epifanio Pérez, un monticulista de primera clase.
Edgard Rodríguez en Twitter: @EdgardR  

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